Billy de los infiernos

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Invierno de 1946, en un pequeño pueblo extremeño.

-Cómo está tu mujer?-preguntó el alcalde al vecino. Estaban sentados alrededor de una mesa de madera llena de piezas de dominó, migas de pan y queso y chatos de vino, una mesa en la única taberna del pueblo en una noche tormentosa y fría de octubre.

-Bien. Esperando a ver si lo echa ya de una vez. El crío parece que està bien dentro de la panza y se està retrasando. Las hermanas y la Nati, la del ovejero, estàn con ella.

-Y qué haces tú que no estás con ella? dijo el guardia civil que ni siquiera jugando la partida se desprendía de su tricornio, ni de palillo en boca, blanquecino por tanto conacto y roce con  saliva y lengua.

-Ná. Estas cosas mejor entre hembras, aseveró el protagonista de los comentarios esa noche.

De repente, se abrió la puerta y, con la ráfaga de viento frío y la lluvia racheada, entró en la taberna una mujer gritando.

-Ya ha nacio. Es un varón. Llora como un condenao. Viene fuerte y sano, aunque tiene el pito mu corto, sonrió mientras jadeaba por la carrera.

Todos miraron al ya padre, que sin levantar la vista de sus fichas, tronó con su voz inalterable por la buena nueva.

-Pito doble, mira, ja ja qué casualidad. Pito doble.

-No irás a verlos?-espetó el alcalde.

-Sí, tu mujer tiene ganas, lo ha pasao mal y le gustaria que conocieras ya a tu chaval, casi imploró la única mujer del bar. –Además igual lo tranquilizas, el mozo viene gritando y parece con muy mala leche, llora como un demonio, el condenao.

-Para eso de conocerlo y para tranquilizar a la mujer siempre habrá tiempo, cerró el debate el reciente padre. Y volvió a tronar su voz para que el siguiente jugador colocara ficha. -Venga tira, coño. Estemos a lo que estamos.

 

Primavera de 1960, en un colegio de un pueblecito de Cáceres.

El chaval tenia la cara y el cuerpo llenos de cicatrices. Nunca había renunciado a una pelea, de echo siempre las buscaba. Consciente de sus mancanzas físicas, era más bien bajo y enclenque, no dudaba nunca en dar la primera gualla o patada, como le enseñó siempre su padre. Ese mediodía el muchacho estaba escondida detrás de un carro tirado por un mulo que mascaba hierbas, situado cerca de la entrada de su escuela. Había salido pronto para esconderse ahí y esperar al Tachuela, un chaval de poco pelo, escasos dientes y mucha hambre con el que tenia cuentas pendientes.

Sólo verle asomar por la puerta, el Antonio, que así llamaban el parapetado tras el carro, apretó bien en su mano un pedrusco, apuntó y lo lanzó directo a la frente del Tachuela, que cayó, picando de morros en el suelo. Doble golpe. Ojos en blanco, herida en la frente por la pedrada y en la nariz por la de caída. Los compañeros que iban con el Tachuela, asustados y sorprendidos, miraron al agresor. El Antonio solo miraba al chico del suelo con una sonrisa indisimulada, satisfecho por la pieza cobrada. Y soltó un “hijo de la gran puta”, muérete.

Uno de los chavales que atendían al herido miró al chico que ni tan siquiera había huído o vuelto a esconderse tras el carro y acertó a decirle…-Antonio, eres un demonio.

 

Un invierno, a mediados de los años 60, en una comisaría de Madrid.

El comisario se escondía como buen comisario de la época tras unas oscuras gafas de sol. Sentado tras una mesa de despacho repleta de papeles y carpetas le pregunto a su subordinado, en pie enfrente suyo. -¿Y qué tal es el nuevo?

El subordinado pareció incomodo con la pregunta y se limitó a contestar -Es lo que estábamos buscando, más o menos.

-Qué significa eso? La pregunta del hombre de gafas de sol denotaba más interès de lo que era habitual en él.

-El delgado policia, enfundada en una cazadora marrón, contestó -Quizás es un poco demasiado concienzudo a la hora de tratar a los detenidos.

-Ya va bien para los interrogatorios, cojones! El comisario vociferó y siguió…-Aquí tenemos que sacar la información a delincuentes, maleantes y rojos, y no lo haremos pidiendoselo por favor. Para eso nos pagan y eso es lo que tenemos que hacer.

-Sí, comisario, contestó el subordinado. Pero yo creo que el nuevo va más allà de su deber. Ya no es que reparta hostias como panes, ya no es que tenga mil manera de hacer cantar a los detenidos. Es que creo que disfruta con ello. No les aprieta los tornillos por obligación, es que lo hace porque simplemente  le encanta poner en pràctica sus métodos. Incluso, incluso….

-Qué pasa, botarate? Acabe ya! atronó el comisario.

-Alguna vez incluso continua con los golpes después que el interrogado haya confesado. El otro día, uno cantó todo lo que sabia, después de que el nuevo le cosiera a leches y le arrancara tres uñas de cuajo. Y a pesar de que el detenido cantó La Traviata, el nuevo le siguió arrancando el resto de uñas. Después lo tiró al suelo, le reventó a patadas y le acabó meando encima. Y todo lo hizo, sonriendo. Parece un demonio, comisario.

-Este llegarà lejos, dijo el hombre de gafas de sol. –Cómo se llama, por cierto?

-Antonio. Antonio González, contestó el policía de cazadora marrón.

 

Invierno de 1969, calle General Mola de Madrid (actualment, Príncipe de Vergara).

Enrique es un joven estudiante, con ideas antifascistas y próximo a movimientos sindicales y políticos clandestinos. Está sentado en una silla de un piso que està siendo registrado por los policías que le había detenido horas antes por repartir propaganda antifranquista. Enrique, està entre preocupado por lo que le pueda suceder y satisfecho porque sabe que actúa como tiene que hacerlo la juventud, ansiosa de libertades y harta de miedos. Sabe que le caerá encima una ensalada de hostias en la Dirección de Seguridad, pero también sabe que la encajará con la convicción del deber cumplido.

En ese momento, entra en el piso un hombre de larga melena, gafas de sol Hawkers, que le tapan los ojos por completo. Manos en los bolsillos en la cazadora de piel negra que viste. El recién llegado se sitúa de pie a pocos centímetros de Enrique. –Estás en la posición ideal para comerme los huevos. Lo dice con voz siseante y neutra. Enrique no sabe si el de las Hawkers està enfadado o no, pero un escalofrío le recorre la espalda y a pesar de la temperatura invernal, nota que una gota de sudor le recorre el cogote.

-Levántate, mierda. El tono del policía sigue siendo indescriptible. Tras su aparente tranquilidad amaga algo. –Así que guardàis aquí vuestra propaganda? En pleno barrio de Salamanca tenemos a unos mierdas de comunistas tocàndonos los cojones. Levanta ya.

Enrique como un resorte se pone en pie. Ahora la satisfacción por ser un joven que clamaba libertad ya no la nota. Solo siente miedo, pánico. Incluso duda de sus convicciones…porqué me meteré en estos jaleos.

El hombre de pelo largo y las Hawker le espeta a que vayan hacia el  balcón del salón.

El policía de la cazadora marrón entra en la habitación, observa como Antonio y el chaval muerto de miedo miran por el ventanal que da a General Mola. En ese momento, sabe que algo no va bien. El demonio habla  susurrando al joven y el agente de cazadora marrón no llega  a descifrar la conversación, solo sabe que el demonio va a actuar como siempre.

Y lo ve. Como si fuera un espectador en primera fila de esa pantalla. Un espectador que no puede hacer nada para impedir lo que va a pasar en esa especie de película. Antonio agarra con su mano derecha el pescuezo de Enrique, a la vez que le hace una llave de kárate para arrojarle por encima de la barandilla del balcón hacia la calle, siete pisos más abajo.

Antonio se gira y ve a su compañero delgado, más delgado que nunca dentro de su cazadora marrón de siempre. Se ajusta sus Hawker y extiende en ángulo recto su brazo derecho. -Mira, ni medio temblor, pulsaciones a 60. Se nota que soy un maratoniano eh. Sonríe como si no hubiera pasado nada y sale del piso mientras pronuncia  una frase siseando que ahora sí se entiende..-Como digas algo, te mato como a ese rojo comemierdas.

 

Verano de 1977. Despacho del ministro del Interior Rodolfo Martín Villa.

-Ministro, yo no sé si este es el perfil ideal para concederle ahora la medalla al Mérito Policial. Su currículum tiene muchas sombras y puntos negros. Y los aperturistas nos recriminarán que le premiemos.

-A ver, subsecretario. Antonio González es un policía que cumplió con su deber y con todas las ordenes recibidas. Como un buen policía y por eso le condecoramos, porque es un buen policía. Además es un azote de ETA y los GRAPO, un hombre en primera línea, la única separación entre esas bestias y la sociedad. Además, ¿no dirigió la operación para la liberación de ese empresario, cómo se llamaba?

-De Oriol, señor ministro.

-Ese, ess. Venga!. Prepare los papeles y que sea así. Merece ser recompensado por sus servicios y además con la condecoración viene un sueldo de por vida que hará que calle todo lo que sabe y así nos quitamos de problemas.

-Pero…señor ministro, sabe que hasta sus compañeros le temen, le llaman demonio y Bily el Niño, como ese pistolero sanguinario….

-Se acabó, subsecretario, tema cerrado! El ministro se ajustó sus gafas de culo de vaso y siguió leyendo, mientras pensaba que cada vez veía menos y peor.

 

Primavera de 2020, en un un hospital de Madrid.

Una enfermera recorre el pasillo que conduce desde la UCI al control de pacientes. Llega ahí agitada por la carrera y porque esa maldita pantalla de metacrilato que le cubre ojos y la mascarilla de tela que le tapa nariz y boca le angustian, incluso le impiden respirar con la normalidad de siempre.

Se dirigí hacia su compañera.

-Se nos ha muerto otro. El de la 415.

-Antonio González Pacheco? 73 años.

-Sí, hacía días que estaba en la UCI, el virus le ha derivado en una neumonía, insuficiència cardio respiratoria, pulmones anegados, intubación inútil. Lo de siempre.

-¿El de la 415?-soltó un joven camillero que pasaba por delante de las dos enfermeras.

-Sí.

-Billy el Niño, dijo casi con satisfacción el joven. -Este tipo era un policía franquista que lo hizo pasar muy mal a mucha gente. Llego a matar a más de uno en comisaria. Le encantaba eso de torturar a personas atadas y aterrorizadas en sótanos oscuros. No os acordàis de lo de Enrique Ruano?

-No, contestaron al unísono las dos mujeres.

-Un estudiante al que Billy arrojó por un balcón en los años 60. El franquísmo dijo que fue un suicidio. El mismo Fraga, siendo ministro, amenazó a los padres de Enrique con matar a su otra hija si insistían en rebatir la versión oficial de su muerte.

-La enfermera de las mascarillas intervino. –Ahora que lo dices, a mi me pareció un tipo raro. Antes que perdiera la conciencia una tarde me dijo que estaba seguro que iría al infierno. Que de esta, no salía. Y que se iría al infierno satisfecho. Que siempre había hecho lo que debía y lo que le gustaba. Y justo entonces, con una sonrisa me dijo “los demonios van al infierno, ahí voy a estar como en casa”.

 

Primavera de 2020, en un despacho ministerial de Madrid.

-Es imperdonable. Ese cabrón ha muerto con todas las medallos y ha vivido hasta l último día con un sueldo público. No fuímos capaces de evitar nada de eso.

-Deberíamos pedir perdón, ministro. Y ahora mismo. Aviso a los de redes sociales? Apuntó el asesor.

-Sí, algo así. Démonos prisa. Y luego alguna entrevista en la prensa para decir que nosotros queríamos haber actuado contra él pero que no nos dio tiempo.

-Bueno, intervino el asesor, -tenía condecoraciones y nómina del Estado desde hacía cuarenta años…

-Sí, pero yo soy ministro desde hace cuatro días y con esto de la pandemia….

-De acuerdo, señor.

 

Descansen en paz todas las víctimas del virus, menos los demonios. Esos que ardan en los infiernos pero que antes se vean cara a cara con quien deben.

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