Toreros en el Congreso

 

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(Avui per raons obvies he preferit només escriure en castellà.  Primer perquè em dona la gana i segon perquè m’hagués costat molt traduir el vocabulari taurí).

 

El 28 de abril con permiso de la autoridad y si el tiempo no lo impide…elecciones generales.

Para el 28 de abril algunos candidatos se visten de luces, conscientes que quizás sea la única oportunidad de salir por la Puerta Grande, quizás la única oportunidad de dejar de ser un maletilla condenado a plazas menores de pueblo de mala muerte o directamente expulsados del gremio de los cuernos, las banderillas y el capote.

Algunos de los candidatos a presidir España, a presidirnos a todos, se enfundan en trajes ceñidos de cielo y oro o de sangre y plata con sus atributos bien apretados y cargando hacia la derecha. Y despues de pasar por la capilla del coso, santiguarse y encomendarse a todos los santos y vírgenes saltan al ruedo.

Para empezar la corrida, la tentación del matador es esperar al morlaco electoral a porta gayola, esa suerte en la que el maestro  se pone de rodillas enfrente de la puerta de toriles, esperando a  que el animal salga enrabietado y despistado a partes iguales y cuando se produce la embestida, el diestro le burla mediante el pase de capa conocido como larga cambiada afarolada, en el cual el capote sujeto únicamente con una mano, se sitúa por encima del diestro, simulando un pavo real desplegando sus vistosas alas.

Esa triquiñuela vistosa anima al respetable, tanto al sentado en las localidades de sol como a los de la sombra. Si la cosa sale bien es toda una declaración de intenciones para triunfar. Si sale mal, y el toro bizquea poco o cojea mucho, es probable que la cosa te cueste un agujero mayor en la cuenca ocular o una herida de 30 centímetros de doble trayectoria en el muslo o la ingle. En los dos casos, el respetable sigue animado, por lo que ve en la plaza y por lo que anima la bota de vino y el trozo de pan y queso o chorizo que suele acompañarle.

El lidiador intenta hacer la faena lo más académica, pura y pulcra posible con el capote primero, con la muleta despues. Busca en la arena alternativamente la zona de sombra (para ver bien a esa bestia  de quinientos cincuenta quilos sea negro bragao, cardeno, perlino o bermejo) y el sol (poniendo al astado de cara al astro para deslumbrarlo, para tener momentos de ventaja sobre él y evitar algún susto por un cabeceo mal calculado).

Juega con las chicuelinas, las verónicas, los pases de pecho, las gaonas y las tafalleras. Intenta los faroles, las navarras, los delantales y las zapopinas. Y sueña con las caleserinas, las revoleras y las serpentinas. La faena de su vida.

El público, su público, le aplaude, le vitorea, le canta. Cuánto más arriesga y más se arrima al toro, más lo hacen. Y el candidato no duda en mancharse de sangre su casaca, su calzón, su mano. Se mancha con promesas imposibles, con leña al contrario y con amenazas constitucionales a los disidentes. La situación de riesgo pagada con olés  le hace levitar, creyéndose que llegarà su Puerta Grande, su salida a hombros, todo aquello con lo que soñó y por lo que luchó. Sueña con cortar más orejas y más rabos que sus compañeros de cartel.

Y en es momento, el pasodoble de la orquesta (ese  compás 2/4 y templo allegro moderno con frecuencia de tono menos) propone el cambio de tercio, ordenado antes por el presidente y su pañuelo. El candidato matador lamenta dejar paso a los banderilleros, al picador y al resto de subalternos. De hecho, su relevo delante del toro le reduce la ligera y placentera hinchazón en su entrepierna. Se destrempa por momentos.

Él es el maestro, la estrella, el candidato. El que quiere ser recompensado con ropa interior femenina y claveles, justo cuando brinda la corrida al compàs de su montera, aquella misma que lanza hacia atràs por encima del hombro esperando que caiga como debe, síntoma de buena o mala suerte. Esas supersticiones tan poco racionales, ni cristianas son. Y no le gusta perder el protagonismo ni que el buenhacer de otros le suponga perder un ápice de gloria en forma de almohadillas de desaprobación.

Pero ese castigo al toro que hace su cuadrilla, le deja al animal más manso, más indefenso, más noble, más quieto, más pasmao. Se lo dejan preparado para entrar a matar con la espada y luego con el estoque, puntilla definitiva.

Es ya fàcil. El bravo està herido, arrinconado y lo único con lo que sueña ya el matador es en la suerte suprema, en la estocada perfecta, en clavar y hundir  el acero donde debe, en el hoyo de las agujas, que es la zona que forman los omóplatos o paletillas del toro con el raquis o columna vertebral, y que está a continuación del morrillo. Clavar hasta la empuñadura, atravesando el cuerpo ya rendido y ensangrentado.

El candidato torero sueña con esa gloria, con esa bendición, con esa combinación de arte, muerte, religión, cultura, aplausos. Con la fiesta nacional en forma de victoria. Con ganar y derrotar. Con sobrevivir despues de la ceremonia.

Y qué mejor que contar en su cuadrilla, en su equipo con esos héroes vestidos y retratados tantas veces por Goya. Con toreros, garantia de aplausos y votos. Si en el Congreso han entrado negras, rastas, camisetas libertarias, camisas sin corbata, extranjeros, homosexuales confesos o anónimos, chupas de cuero, minifaldas, shorts y besos en los morros entre hombres, por qué no van a entrar estos maestros del arte de capote y espada.

A fín de cuentas, el candidato, el maestro siempre necesita subalternos que le allanen el camino hacia la gloria, la salida a hombros y atravesar la Puerta Grande. Queda por ver qué decide el respetable, si respalda al torero o le obliga a cortarse la coleta.

Va por ustedes.

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